Primer autostop

Después de haber pasado una semana en Paracas (Más sobre lo que nos pasó en Paracas), ambos sabíamos que había llegado el momento. Hasta ese momento todos los tramos que hicimos fueron de forma convencional. Siempre con un ticket que nos señalaba la hora y el destino, en avión o bus. Habíamos leído blogs al respecto, preguntamos a personas que ya lo habían hecho. Lo único que nos quedaba por hacer era HACERLO. Y si, el día de enfrentarnos a hacer autostop había llegado. CAMIÓN (2)Nacho, uno de nuestros Couch nos acercó hasta el primer cruce con posibilidades de ir hacia Nasca y luego a Cusco, que era finalmente donde pensábamos llegar. Con la mejor pinta de principiantes nos paramos al lado de la ruta a esperar nuestro primer transporte voluntario de este viaje. Era una zona con algunos camiones que paraban a desayunar o almorzar. Nos acercamos a ellos e hicimos los primeros intentos. No resultó, no podían llevar pasajeros, según indicaban unos cartelitos en las puertas. En este primer tramo, confieso que caímos en la tentación y accedimos a tomar un bus hasta un siguiente próximo intento en Ica (si, fuimos impacientes). chincheta mapaLuego de pasar un día de distracción en Huaccachina volvimos a las rutas (¿Quieres saber más sobre el paso por Huaccachina? ¡Aquí!). Esta vez con un poco más de confianza, nos aproximamos a la banquina y empezamos a levantar los pulgares. Los minutos pasaban, el calor apretaba y las bromas entre nosotros comenzaron a fluir. “Que para que quiero conocer Machu Pichu, que quien nos manda…” en fin, ahí estábamos.Decidimos seguir caminando un poco más para mejorar las probabilidades. El tiempo pasó y cuando estábamos por bajar los pulgares frenó el primer auto. Nos achicaron unos 20 km del recorrido. El conductor muy serio y el acompañante muy charlatán. El reggaetón estaba muy fuerte, así que nos acercábamos para poder conversar. Pude escuchar que mencionó la peligrosidad de hacer autostop por esas rutas y retó a Mak por hacerme caminar y esperar con ese calor. Nos mencionó un lugar donde todos los camioneros paran a comer y nos dio un par de consejos. Tenía una actitud de “loco lindo” y cerca del destino se bajó a comprar en un kiosco. El conductor que hasta ese momento no había hablado dijo: Parece loco pero es una buena persona. El acompañante confirmó ese comentario luego de comprarnos un agua bien helada.
Nos dejaron en el lugar acordado y probamos suerte con los camiones que circulaban por ese tramo. En breves 15 minutos paró un camión amarillo (perdón la ignorancia, para ambos, los vehículos  son de color no de marcas). Un señor de aproximadamente 50 años nos alentaba a subir lo más rápido posible ya que estaba retrasado.

La panorámica era excelente, la ruta prometía un desierto misterioso.  Ya en viaje, en breves minutos entablamos conversación con el hombre. Una persona sumamente amigable y con muchas ganas de contar anécdotas. Nos preguntó cuál era nuestro destino y antes de terminar la oración ya estaba contactándose con su sobrino, también camionero, que iba hacia Cusco. CAMIÓN (0)Antes de subirnos al camión de su sobrino nos abrazó muy fuerte y nos deseó un buen viaje junto a una botella de vino casero.
Por su actitud recordé a mi papá, a mi viejo que sé que hubiese hecho lo mismo… me sentí reconfortada. Subimos nuestras mochilas y saludamos a Daniel, nuestro compañero durante ese siguiente día. El primer contacto fue difícil, Daniel no se presentaba como una persona que quisiera realmente interactuar, menos con dos desconocidos. Con mucho esfuerzo fuimos sacando temas de conversación. Era difícil entender todo lo que nos decía y era incómodo tener que decir: ¿qué? Perdón, ¿qué dijiste?

Su acento era muy cerrado como sus labios al pronunciar cada palabra. Poco a poco nos fuimos mimetizando casi entendiendo por completo lo que decía. Daniel se crió en Arequipa, en el campo, con una familia bien grande.

Se asombró al saber de mis 29 años ya que el con sus 31 parecía mucho mayor. Comprendí que nuestras vidas transitadas eran líneas de tiempo realmente diferentes. En la luneta del camión había una fotografía de un chiquito, su hijo. Le pregunté:

-¿Podés verlo seguido?

-No siempre… es difícil para un niño entender que a veces por más que quiera no puedo verlo.

Permanecimos callados. Mak dormía en el asiento de acompañantes. El paisaje nos llenaba los silencios.

CAMIÓN (4)

Durante ciertos momentos nos hacía de guía turístico contando sobre las características de los lugares por donde pasábamos y de las historias misteriosas que conocía.  Nos confesó que le cuesta confiar en las personas que viajan de esta manera y que él nunca podría armar una mochila y salir a “vivir así”. Tenía una fascinación particular por México, en especial por la música. (Para ambientar esta nota les dejo una de las canciones que escuchamos durante el viaje.) Por horas escuchamos canciones muy animadas que ayudaban a que pueda seguir manejando. El recorrido fue mostrando el degradé de paisajes.

CAMIÓN (5)

Los verdes y la altura se impusieron y la noche mostró estrellas heladas. Paramos a dormir unas cuantas veces y el viaje terminó siendo de cuarenta horas, si gente,¡¡¡¡ 40 horas!!!! Fue muy largo y agotador pero valió la pena. Nos sacamos muchos miedos y pudimos disfrutar del viaje. Esta primera experiencia fue muy importante y aleccionadora. Descubrimos que de ambos lados existe el miedo pero una vez pasada la barrera hay muchos aspectos interesantes que forman un viaje distinto. Agradecimos mucho a Daniel, que no solo nos ayudó a cruzar Perú, sino que pasó a formar parte de nuestra pequeña historia.

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Manu

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